viernes 26 de diciembre de 2008

LA PATA DEL MONO
(Artículo publicado en el Diario de Pontevedra el día 18 de marzo de 2005)

Era una de aquellas historias para no dormir de Narciso Ibáñez Serrador. He olvidado los detalles, tras más de cuarenta años, pero esencialmente era algo así:
Un extraño personaje, acogido en una noche de tormenta por una pareja de ancianos, les deja un talismán (la pata disecada de un mono) que les concederá tres deseos, advirtiéndoles que mediten bien antes de cada uno de ellos, porque entrañan un peligro. Codiciosos, piden una gran cantidad de dinero, y al día siguiente conocen la muerte accidental de su hijo, ausente, y que percibirán, como indemnización, justamente la cantidad solicitada.
Como aún le quedan dos deseos, piden al talismán la resurrección de su hijo, y efectivamente el joven vuelve… (¡qué puestas en escena las de Chicho…!) como un putrefacto cadáver viviente, por lo que, empleando el último deseo, piden que se vaya… y aquí acaba el cuento.
Tal me vino a la memoria con la historia de ENCE. El primer deseo de prosperidad para la comarca se tradujo en la llegada de una industria putrefacta, y luego de los efectos no deseados, en la petición de que se vaya (los viejos podían haber deseado otra cosa mejor para el hijo, qué demonio), tras de lo cual quedará solo el daño ya hecho, sin otra compensación.
Lo visceral de los análisis que llevan a desear sobre todo que se vaya, al margen de cualquier otra consideración, lo demuestra el argumento último subyacente en las personas con las que discutimos el tema: “es que huele mal”. Innegable. Es una industria molesta, por encima de lo nociva o peligrosa que pueda ser. Y la prueba es que, en medio de esto, se pone en segundo plano el peligro real que constituye ELNOSA, industria que es posible trasladar, innecesaria para el actual proceso productivo y de la que en el fondo nadie se acuerda porque no huele. Hoy, hablar del Complejo ENCE-ELNOSA es confundir.
No es confundir, en cambio, hablar de un Complejo ENCE-PAPELERA, porque el cierre del proceso productivo entrañaría muchas ventajas, tanto económicas como sociales y ecológicas. Pues sí señor, ECOLÓGICAS, como trataré de demostrar.
Económicamente, la papelera permitiría el aprovechamiento inmediato de la pasta, sin gastos de transporte (que es gasto de energía), además de eliminar la necesidad de desecarla para volver a humedecerla en destino: doble gasto de agua, aquí y allá, y más gasto innecesario de energía. Además, la papelera permitiría el surgimiento de otras industrias auxiliares más, como las dedicadas a embalaje, etiquetado, etc. En definitiva, ¿para qué tanta ampliación del puerto de Marín y del suelo industrial en terrenos ganados al mar (perjuicio ecológico entonces minimizado), tanta batalla por el tren por parte del gobierno municipal, para oponerse luego a la industria más lógica para situar en la zona? Y no olvidemos que la producción local de papel tisú abastecería a un amplio entorno en el que no hay ninguna industria semejante, mientras que la exportación a larga distancia de la pasta está sujeta a los precios del dólar y de la energía, cuya estabilidad es más que problemática.
Socialmente, nadie ignora la base que es en la economía de esta provincia el sector forestal, lo que supone el transporte de la madera, y tantos empleos directos e indirectos ya existentes, a los que habría que añadir los potenciales, mucho más numerosos, que se crearían con la papelera y sus industrias auxiliares. Y el efecto sinérgico que el auge forestal supondría para otras industrias como la del mueble, y de aquí al diseño, etc… (bueno, no quería contar ahora el cuento de la lechera).
Ecológicamente, el planeta es un todo; si estamos dispuestos a eliminar el consumo de papel, adelante. En otro caso, lo que no se haga aquí se hará en otra parte, con el mismo efecto global. Si no la queremos para nosotros, no deberíamos quererla para nadie. Y ya hemos dicho más arriba que completar el ciclo supone ahorro de energía por varios conceptos. Sobre todo, aunque no únicamente, en transporte, que pronto será el primer freno de cualquier proceso productivo; (también, de paso, de la globalización neoliberal).
Los aspectos más contaminantes del proceso productivo de ENCE están de hecho eliminados, sobre todo desde que las acciones de GREENPEACE y los consiguientes cambios de las leyes europeas llevaron a la empresa al blanqueo con oxígeno. El olor es otra cosa, que es contaminación en la misma medida que lo es el ruido, y menos que los gases de los automóviles. Lo demás que queda es cumplir la legislación.
Los que hablan de traslado, saben perfectamente que no es posible. Que solamente puede desmontarse y construir otra nueva en otro lugar; y no precisamente en cualquier lugar, sino en alguno muy semejante. Derribar y construir no son procesos ecológicos, cosa que deliberadamente ignoran los economistas de la tierra plana, para quienes mover capital, aunque sea destruyendo, es crear riqueza. Si este amable medio de comunicación me lo permite, algún día hablaré aquí de economía, de externalización de costes y de coste generalizado.
Y además, la ecología incluye al ser humano. La permanencia de las personas en su tierra se logra, como la del oso o la del lince, manteniendo su ecosistema (que por cierto hemos de ir mejorando), y no a costa de eliminar de un plumazo sus medios de subsistencia.
Nuestro modo de producción capitalista se parece al tren de Los hermanos Marx en el Oeste. Para mantenerlo en marcha hay que quemar el tren, vagón a vagón. El tren avanza acelerando (con crecimiento económico del 3% anual, para que no haya crisis), y se encuentra cerca del abismo de una crisis energética casi inminente. Seguramente la tecnología permita pasar al otro lado, pero a condición de frenar el tren para darle tiempo.
Pero el tren no se debe parar poniendo una roca en la vía. No podemos desindustrializar a lo loco eliminando el empleo de calidad. La eliminación de nuestro sector forestal realmente existente sólo conduce a la deslocalización y al abaratamiento de la fuerza de trabajo, eterna solución del capital para compensar el aumento de otros costes, porque lo único intocable en este modo de producción es el beneficio. Es hora de pensar en otras soluciones.
Creo que debemos cuidar lo que tenemos y exigir compensaciones por sus servidumbres, soportadas por razones ya históricas. Pero si Pontevedra es solidaria con los demás, séanlo los demás con ella: reciba los cánones que sea justo exigir, dótesela de ventajas económicas, créese empleo de calidad, móntense servicios sociales decentes (¿hablamos de la Sanidad, de los hospitales?), foméntese la universidad, articúlese su sustento, y no sólo con el turismo, al que no veo tanto futuro ante la crisis que se avecina.
No nos pase como a los pobres viejos del cuento de la pata del mono, con el cumplimiento de nuestros tres deseos.
(2005, jun) La antigua y noble ciudad de Hamelin dormitaba junto a su ría. El flautista oportunista

La antigua y noble ciudad de Hamelin dormitaba junto a su ría. El lento paso del tiempo iba produciendo cambios, que no eran bastantes para alterar su paz. A veces eran saludados como señales de la llegada del Progreso, mítica deidad a cuyos favores aspiraban los sensatos e ilustrados ciudadanos, estimulados por las noticias que llegaban de los cambios que se sucedían vertiginosamente en otros pagos.
Pero un mal día, una plaga se abatió sobre ellos. Miríadas invisibles de partículas hediondas, llegadas de las mismas márgenes de la idílica ría, comenzaron a invadir sus narices, de forma insidiosa y persistente, sin pedir permiso. Sólo entonces fueron conscientes de su felicidad anterior, del Paraíso Perdido, y desearon y por mil maneras buscaron que Alguien los librara de la plaga.
Con ocasión de celebrarse en el País un cuatrienal Certamen Nacional de Flauta, diversos músicos actuaban por doquier. También aparecieron en la ciudad. Y fue un astuto flautista quien halló así la oportunidad de obtener pingüe beneficio.
El flautista prometió a los probos y sufridos ciudadanos que él se llevaría el mal olor a Otra Parte. Sabía que en la mágica idea del Traslado coincidirían más ciudadanos que en la más radical de la supresión pura y dura, porque gente tan apacible y sensata no era dada a las grandes mudanzas, y porque muchos asociaban el olor a algún otro efecto beneficioso. El Traslado no alejaría demasiado ese efecto pero les devolvería el perfil perdido de su paisaje.
El flautista tocó una melodía adecuada. Aunque otros músicos no estaban muy de acuerdo con la partitura, y sabían que el traslado era una oferta válida sólo localmente, y con los días contados, hasta la adjudicación del premio en el Gran Certamen, no se atrevieron a sufrir el anatema público por oponerse y marcharon tras él. Y aún se permitió amonestar a los que no marcharon personalmente, aunque enviasen delegados, y denostar a éstos por no ser suficientemente marchosos.
...............
El BNG flautista podría pedir directamente el cierre de ENCE, pero sabe que es una industria de carácter estratégico y que Galicia no debería prescindir de ella. Ni siquiera la comarca puede prescindir, como se desprende de los datos del Plan Directorio de Estratexias nos municipios da Área Territorial de Pontevedra, encargado por el propio gobierno municipal, que puede consultarse en http://www.pettra.es/.
Pero al pedir el traslado, y no el cierre, el tema está condenado a la nevera en cuanto pasen las elecciones, porque cualquier ubicación posible se parecería a la actual, con los mismos problemas, y generaría además conflictos entre diversos localismos, cosa que unos ciudadanos tratados como niños no ven por ahora, ni los ratones políticos quieren sacar a la luz. Quieren aplazar el debate de fondo: exactamente como el PP, tras los atentados del 11-M, trató de ganar tiempo, intentando mantener su engaño hasta que pasaran las elecciones.
Tras éstas, un debate sereno y a fondo mostrará las falacias que se esconden en las febles argumentaciones, y también en la falta de deseo de abordarlas a fondo.
Pero para entonces el flautista principal y los gordos ratones que lo siguen (y que tal vez medren aún más que él) habrán cumplido sus objetivos.
Todos lo sabemos: las promesas electorales de los partidos de más éxito suelen hacerse sin intención de cumplirlas.
(2004, oct ) Preámbulo a un Informe Político

Bajo el lema “¿Quién tiene miedo a Marx?”, y coincidiendo con el centenario de su muerte, el historiador Pierre Vilar pronunció en 1983 una conferencia inaugural en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París; recordaba en ella la proliferación de ideología marxista de los años 60 y 70, en comparación con su desprestigio y olvido posterior, y hacía notar que “probablemente, la ‘moda Marx’ correspondió a un gran momento del capitalismo, y la moda ‘anti-Marx’ a su misma crisis general”.
No es éste lugar ni momento para explicar las razones de este desfase, tan frecuente en muchos momentos de la historia, entre las condiciones objetivas de una época y el modo en que las perciben los protagonistas (las llamadas condiciones subjetivas); pero sirva la cita para alertar sobre cómo se da esta circunstancia ahora mismo, cuando, junto a la presencia de una crisis, tal vez terminal, del modo de producción, vemos la ausencia de una crítica fuerte, y los discursos de la izquierda se endulzan, para acercarse a los planteamientos generalmente aceptados por el sistema.
Decía Vilar en esa misma conferencia que “la originalidad de Marx es exigir una toma de consciencia de la dimensión histórica. Y particularmente de los fenómenos de larga duración. Las transiciones entre dos modos de producción son cosa de siglos”.
Y en lugar de esta consciencia de la dimensión histórica nos encontramos con una desconfianza hacia nuestras propias propuestas de ayer mismo, sin plantearnos su vigencia y rabiosa actualidad, y sobre todo su anticipación de tiempos aún por venir, para adaptarlas a oportunismos efímeros que siguen simplemente una ola de corrimiento a la derecha propiciada por el sistema en sus esfuerzos por ganar tiempo y reconducir la crisis en su beneficio.
Porque probablemente la crisis a cuyos comienzos asistimos tendrá un final mucho más brusco de lo que piensa la mayoría. Y probablemente coja a quien no esté atento con el paso cambiado.
Frente a los esfuerzos de la ideología dominante por defender un desarrollo sostenible tenemos que entender que ambos términos son intrínsecamente contradictorios. Ningún desarrollo es sostenible indefinidamente en un mundo limitado y con recursos muy próximos a su agotamiento.
Según la conocida ley de Liebig, la falta de un único factor limitante basta para detener el crecimiento de un ser vivo, e igual puede decirse de una sociedad, cosa que ha ocurrido más de una vez en la historia de las civilizaciones. En nuestro tiempo, el factor limitante es la energía no renovable, y cualquier desarrollo previsible de las fuentes renovables queda muy por detrás, no ya de las necesidades futuras del sistema, sino de las actuales, aunque pudieran quedar congeladas en los actuales niveles.
Y no es precisamente de congelarlas de lo que hablan nuestros flamantes economistas, sino de que crecimientos de la economía por debajo del 3% son incapaces de mantener el empleo en sus niveles actuales, dada la productividad creciente que va expulsando del mundo laboral cada vez a más trabajadores para producir lo mismo. Asimismo se nos dice que es necesario el aumento de la población para que las nuevas generaciones, empleadas por esa economía creciente, puedan sostener el sistema de pensiones.
Así que el sistema capitalista actual, que no concibe la producción más que a través del crecimiento continuo de la masa de capital y del beneficio que éste obtiene, y que ve el empleo subordinado a ese crecimiento, huye hacia delante: cada vez necesita menos población para producir lo mismo, y en consecuencia producir más para mantener el empleo, pero necesita más población para justificar esa producción creciente y para consumir lo que produce. Población que no puede mantener sin producir, so pena de que “sobreviva” sin consumir.
Las crisis periódicas, que en los años del estado de bienestar socialdemócrata se daban por definitivamente desaparecidas, son sustituidas ahora por la crisis permanente. Y continuamente se sale de cada una de sus fases agudas con nuevos “crecimientos”… que agudizan aún mas la insostenibilidad.
En su fase actual, una de las salidas es producir “bienes” que, como el armamento, puedan ser “consumidos” sin consumidores (no deberíamos considerar como tales a las víctimas de su empleo). Recordaba hace poco Mariano Marzo, catedrático de Recursos Energéticos de la universidad de Barcelona, en los desayunos de TVE, cómo un economista bastante cínico aconsejaba, para los tiempos que se avecinan, invertir en: 1º: oro; 2º: energías alternativas; 3º: hidrocarburos; 4º: industrias de armamento.
En pocos años, la producción de petróleo comenzará a disminuir sensiblemente, mientras que la demanda no cesa de aumentar. Ya en nuestros días asistimos a un ascenso imparable de los precios. Las únicas correcciones no terribles de la situación pasan por un cambio urgente del propio modo de producción: es el mismo capitalismo lo que hay que sustituir, porque inevitablemente su pervivencia en cualquiera de sus formas conduce inevitablemente al colapso, porque tarde o temprano el proceso de acumulación tumoral se repetiría, aún en una sociedad en involución: nos aguardaría un futuro de tipo Mad Max.
Así que ya no son posibles planteamientos no radicales. Tenemos que decir la verdad, aunque no resulte simpática. Por las circunstancias de nuestra transición vivimos para la coyuntura electoral, procurando no asustar con propuestas demasiado a contrapelo del sistema, pero para tratar de convencer a los ofendidos no podemos ofender a los convencidos. Cuando dulcificamos nuestro discurso para acomodarlo a una mayoría que, por desinformación sobre todo, está a nuestra derecha, defraudamos por completo a la gente de izquierda que, con una conciencia creciente, busca propuestas más audaces. Y como resultado real acabamos pareciendo una versión B del PSOE, del que no arañaremos así un solo voto, pero que nos los irá arrebatando inexorablemente. En todo caso, también conviene huir del radicalismo aventurero frecuente en los grupúsculos que tan bien conocemos. Nuestro programa de siempre es más que suficiente, porque contiene propuestas que el sistema no puede digerir.
Nuestro crecimiento futuro está en otra parte, y no en la imitación de unos supuestos verdes que no tienen de tales más que el nombre, porque no han sido capaces de sacar las consecuencias anticapitalistas de su impreciso ideario bienpensante. Como muestra véanse los gobiernos en que participan y sus planteamientos tan bien integrados en el sistema.
Con esta idea central, es evidente que una propuesta claramente anticapitalista tiene que mantener como elemento central a la clase trabajadora, pero evitando tomar partido en los (falseados) conflictos, que el sistema propicia, entre empleados y desempleados, entre quienes tienen contratos fijos y los eventuales, entre trabajadores jóvenes y los próximos a la jubilación, entre nativos e inmigrantes: los problemas son de todos, y deben solucionarse sin marginar a nadie, buscando atraerse una clientela a la que favorecer antes que a otros.
Izquierda Unida surgió como una propuesta destinada a aglutinar en torno a un programa, no solamente a quienes se reunieron en torno al movimiento obrero y al Partido Comunista, sino a mucha gente que todavía no comparte en todo nuestras ideas, aunque sí una visión transformadora de la sociedad. Pero sin abdicar un ápice de nuestras metas ni escamotear nuestro papel dentro de una nueva refundación. Si fue válida la formulación inicial, ¿qué nos obliga ahora a reformularla con unos parámetros menos claros?